domingo, 18 de octubre de 2009

VOLAR EN AVIONETAS, PARTE DEL DIA A DIA AQUÍ EN AFRICA

Llegamos antes de ayer al único lodge que existe en la Isla Vamizi, ubicada en el Océano Indico, archipiélago de Las Quirimbas, en el norte Mozambique, a unos cien kilómetros de la frontera con Tanzania. Un pequeño paraíso de finísima arena blanca y aguas turquesas, de doce kilómetros de largo y doscientos metros de ancho, donde lo que más me cautivó fue no usar zapatos durante tres días. La arena blanca es finísima y no se calienta con el sol. Hasta las hawaianas llegan a molestar. Todas las actividades, incluso los cócteles al atardecer, se hacen a pata pelada.

La manera mas directa y fácil de llegar a estas islas es vía aérea en pequeños aviones cuyo tamaño depende de la demanda. Podríamos perfectamente hablar de taxis. Llama la atención la familiaridad y destreza del piloto y la multiplicidad de funciones que cumple. Cada isla tiene su pista de aterrizaje, y algunas de no mas de quinientos metros de largo, y a continuacion, el mar. Son en general de tierra, y están en buenas condiciones, a diferencia de las asfaltadas llenas de hoyos. Claro, no es posible pensar que se mantengan en buenas condiciones dado lo remoto de su ubicación y la dificultad logística que significa su mantención. Los pilotos las conocen como la palma de su mano, al igual que las rutas y las condiciones atmosféricas. Mal que mal son el único medio de transporte para los viajeros en estas latidudes. Tras el aterrizaje, el piloto se desliza rápidamente por la pequeña escalera que se descuelga de la puerta ubicada a un costado de su asiento, dejando el motor del avión en marcha, si dirije a la parte trasera, abre la puerta de los pasajeros, dá la orden de descender, se despide en nombre de le aerolínea y, como si todo esto fuera poco, vigila que todos bajen, para luego abrir los compartimientos de equipaje, supervisar que los choferes de los jeeps bajen las maletas, las entreguen, y vuelvan a cargar las de los pasajeros que embarcan. Luego, se da una vueltecita por el aparato chequeando rápidamente quien sabe qué detalle, y paralelamente comienzan a subir pasajeros. La mayoría de los vuelos los hemos hecho en unos monomotor Cessna Caravan para 12 personas, en algunos han venido con copiloto pero la mayoría solos.

El piloto de ayer era un francés avencindado en Tanzania y su avión era parte de la flota de Tanganika Airlines, nombre que, de solo leerlo uno se persigna. Nos pide que nos sentemos donde queramos y nos deja con las puertas traseras cerradas por él mismo. Luego se dirige a su puerta, enrolla la escalita desplegable, se amarra y con una naturalidad y buena onda increíble se da vuelta hacia los pasajeros apoyando el codo sobre el respaldo de su asiento, nos saluda, nos informa el tiempo de vuelo, nos cuenta que haremos una escala en Ibo, otra de las treinta y tres islas del archipiélago y finalmente cerrando su speech nos “pide” que no nos asustemos pues la pista de aterrizaje es muy corta y solo levantará vuelo un par de metros antes del mar. Es tanta la normalidad con la que se suceden estos procedimientos y lo parte de la vida que son, que lo único que no da es miedo ni inseguridad.

No escribí durante los dos días que estuvimos en la Isla Vamizi. Hoy es domingo 19 de Octubre y son las 12.40 del día. Hace una hora y media salimos de Vamizi hacia Pemba. Nuevamente un Cessna Caravan aterrizó de acuerdo a lo programado. Anoche, cenando en el lodge, nos contaron que el viernes comenzaron unas vacaciones escolares en Inglaterra y que mañana - hoy - llegarían un par de familias, que a juzgar por sus maletas adornadas con etiquetas “priority” acompañadas de varias cajas de botellas de champagne francés Veuve Clicot, parecían ser de lo mas conspicuas.

Llegó el turno de abordar nosotros y esta vez nuestro piloto era un esbelto Inglés muy bien pronunciado y perfectamente bién vestido en tenida de safari. Había despegado con los Ingleses esta mañana en Dar es Salaam tras su arribo desde Londres e inmediatamente después de los trámites de inmigración abordaron el Caravan con destino a Vamizi. Con nosotros voló a Pemba y desde acá se vuelve a Vamizi con los pasajeros que llegan dentro de unos minutos desde Maputo en el avión de Líneas Aéreas de Mozambique en el que nos embarcaremos con destino a la misma ciudad para continuar a las Islas Seychelles tras una breve escala a Johannesburgo. Habiendo aterrizado en Pemba no apareció nadie a recoger las maletas al avión. Los seis pasajeros que veníamos nos refugiamos bajo las alas a esperar pacientemente como nuestro flemático piloto, sin ningún signo de alteración, sino que por el contrario, actuando en abosulto “tempo” africano, trataba de comunicarse por celular con el terminal, ubicado a no mas de cien metros del aparato, para que alguien viniera a ayudarnos. No podíamos hacerlo solos porque es terreno de la autoridad aeronáutica. Escribo esta columna sentado en la pequeña y abarrotada sala de embarque del aeropuerto de Pemba. Por suerte al aire acondicionado funciona. El público es variopinto y colorido. El trámite de check-in y seguridad dan para otro capítulo. Miro por la ventana y veo al Inglés sentado sobre una de las ruedas bajo las alas de su avión, totalmente relajado, esperando el aterrizaje del avión de LAM para luego iniciar vuelo de retorno a Vamizi donde alojará esta noche y mañana continuará a su base en Dar es Salaam, paciente y acaloradamente como continúa la vida día a día aquí en Mozambique.

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