Llegamos antes de ayer al único lodge que existe en la Isla Vamizi, ubicada en el Océano Indico, archipiélago de Las Quirimbas, en el norte Mozambique, a unos cien kilómetros de la frontera con Tanzania. Un pequeño paraíso de finísima arena blanca y aguas turquesas, de doce kilómetros de largo y doscientos metros de ancho, donde lo que más me cautivó fue no usar zapatos durante tres días. La arena blanca es finísima y no se calienta con el sol. Hasta las hawaianas llegan a molestar. Todas las actividades, incluso los cócteles al atardecer, se hacen a pata pelada.
La manera mas directa y fácil de llegar a estas islas es vía aérea en pequeños aviones cuyo tamaño depende de la demanda. Podríamos perfectamente hablar de taxis. Llama la atención la familiaridad y destreza del piloto y la multiplicidad de funciones que cumple. Cada isla tiene su pista de aterrizaje, y algunas de no mas de quinientos metros de largo, y a continuacion, el mar. Son en general de tierra, y están en buenas condiciones, a diferencia de las asfaltadas llenas de hoyos. Claro, no es posible pensar que se mantengan en buenas condiciones dado lo remoto de su ubicación y la dificultad logística que significa su mantención. Los pilotos las conocen como la palma de su mano, al igual que las rutas y las condiciones atmosféricas. Mal que mal son el único medio de transporte para los viajeros en estas latidudes. Tras el aterrizaje, el piloto se desliza rápidamente por la pequeña escalera que se descuelga de la puerta ubicada a un costado de su asiento, dejando el motor del avión en marcha, si dirije a la parte trasera, abre la puerta de los pasajeros, dá la orden de descender, se despide en nombre de le aerolínea y, como si todo esto fuera poco, vigila que todos bajen, para luego abrir los compartimientos de equipaje, supervisar que los choferes de los jeeps bajen las maletas, las entreguen, y vuelvan a cargar las de los pasajeros que embarcan. Luego, se da una vueltecita por el aparato chequeando rápidamente quien sabe qué detalle, y paralelamente comienzan a subir pasajeros. La mayoría de los vuelos los hemos hecho en unos monomotor Cessna Caravan para 12 personas, en algunos han venido con copiloto pero la mayoría solos.
El piloto de ayer era un francés avencindado en Tanzania y su avión era parte de la flota de Tanganika Airlines, nombre que, de solo leerlo uno se persigna. Nos pide que nos sentemos donde queramos y nos deja con las puertas traseras cerradas por él mismo. Luego se dirige a su puerta, enrolla la escalita desplegable, se amarra y con una naturalidad y buena onda increíble se da vuelta hacia los pasajeros apoyando el codo sobre el respaldo de su asiento, nos saluda, nos informa el tiempo de vuelo, nos cuenta que haremos una escala en Ibo, otra de las treinta y tres islas del archipiélago y finalmente cerrando su speech nos “pide” que no nos asustemos pues la pista de aterrizaje es muy corta y solo levantará vuelo un par de metros antes del mar. Es tanta la normalidad con la que se suceden estos procedimientos y lo parte de la vida que son, que lo único que no da es miedo ni inseguridad.
No escribí durante los dos días que estuvimos en la Isla Vamizi. Hoy es domingo 19 de Octubre y son las 12.40 del día. Hace una hora y media salimos de Vamizi hacia Pemba. Nuevamente un Cessna Caravan aterrizó de acuerdo a lo programado. Anoche, cenando en el lodge, nos contaron que el viernes comenzaron unas vacaciones escolares en Inglaterra y que mañana - hoy - llegarían un par de familias, que a juzgar por sus maletas adornadas con etiquetas “priority” acompañadas de varias cajas de botellas de champagne francés Veuve Clicot, parecían ser de lo mas conspicuas.
Llegó el turno de abordar nosotros y esta vez nuestro piloto era un esbelto Inglés muy bien pronunciado y perfectamente bién vestido en tenida de safari. Había despegado con los Ingleses esta mañana en Dar es Salaam tras su arribo desde Londres e inmediatamente después de los trámites de inmigración abordaron el Caravan con destino a Vamizi. Con nosotros voló a Pemba y desde acá se vuelve a Vamizi con los pasajeros que llegan dentro de unos minutos desde Maputo en el avión de Líneas Aéreas de Mozambique en el que nos embarcaremos con destino a la misma ciudad para continuar a las Islas Seychelles tras una breve escala a Johannesburgo. Habiendo aterrizado en Pemba no apareció nadie a recoger las maletas al avión. Los seis pasajeros que veníamos nos refugiamos bajo las alas a esperar pacientemente como nuestro flemático piloto, sin ningún signo de alteración, sino que por el contrario, actuando en abosulto “tempo” africano, trataba de comunicarse por celular con el terminal, ubicado a no mas de cien metros del aparato, para que alguien viniera a ayudarnos. No podíamos hacerlo solos porque es terreno de la autoridad aeronáutica. Escribo esta columna sentado en la pequeña y abarrotada sala de embarque del aeropuerto de Pemba. Por suerte al aire acondicionado funciona. El público es variopinto y colorido. El trámite de check-in y seguridad dan para otro capítulo. Miro por la ventana y veo al Inglés sentado sobre una de las ruedas bajo las alas de su avión, totalmente relajado, esperando el aterrizaje del avión de LAM para luego iniciar vuelo de retorno a Vamizi donde alojará esta noche y mañana continuará a su base en Dar es Salaam, paciente y acaloradamente como continúa la vida día a día aquí en Mozambique.
domingo, 18 de octubre de 2009
sábado, 17 de octubre de 2009
LIVINGSTONE, LAS CATARATAS DE VICTORIA Y EL SAPITO
Tras veintiseis días de viaje, sin duda ya comienzo a extrañar. Así interpreto que sitúe la imagen inicial de este comentario en uno de mis lugares favoritos en Santiago. Habitualmente desayuno en el Emporio La Rosa del Parque Forestal. Parte de mi rol en este programa es contribuir con el dato duro mientras la Mery saca fotos y se impresiona con lo que va descubriendo. Es así como una nublada mañana, días previos al viaje, leía unos impresos sobre Zambia que googlie la noche anterior. Estaba sentado frente a mi tasa de café con leche y devorando los cotidiandos con palta de siempre….(se me hace agua la boca cuando los recuerdo. Acá la palta es pura pinta y cero gusto) cuando apareció, como hace habitualmente también, mi amigo Felipe Bianchi, quién, al percatarse desde lejos del contenido de mi lectura, saluda diciéndome…” I presume”. Quedé colgado mirado con cara de “se volvió loco el comentarista deportivo”, pero capté al toque que me estaba complicitando algo ante lo cual yo debí, al menos, asentir. Rápidamente detectó mi ignorancia, se sentó y procedió a contarme. Mientras me entretengo fotografiando el sol africano al atardecer en la orilla de río Zambezi perteneciente a Zambia – la otra pertenece a Zimbabwe – recuerdo nítidamente aquel saludo.
Resumiré en breves palabras, porque se trata de una historia que da para largo y de un personaje fascinante que vale la pena conocer. Uno de los primeros europeos que se adentró en las profundidades de Africa del sur, por allá por 1850, fue un explorador, misionero y médico escocés llamado David Livingstone, quién, tras terminar sus estudios en Inglaterra se vino a Africa con el objeto de evangelizar y difundir el cristianismo, pero le impresionó profundamente el sufrimiento y el horror producto del comercio de esclavos. Decidido a terminar con este negocio, pensó en otras alternativas de comercio posibles de implementar dadas las condiciones y recursos disponibles. Una de las que evaluó fue enviar algodón a Europa, exportando a través de puertos del Atlántico, más precisamente desde Angola. Su innato espíritu explorador lo llevó a revisar esta alternativa en terreno. No le resultó por los accidentes geográficos que se le presentaban en el camino. No conforme, y habiendo descubierto ya el río Zambezi, navegable en vastas extensiones y que desemboca en las costas de Mozambique en el Océano Indico – tierras en esos tiempos conquistadas por los Portugueses - organizó otra expedición en busca del lo que algunos llamaban el Camino de los Dioses, el río que supuestamente le permitiría llegar al mar y llevar a cabo su objetivo. Navegando por el Zambezi, un día de pronto divisó a lo lejos unas impresionantes columnas de humo que se alzaban cientos de metros sobre el nivel del Río. Nunca sospechó que lo que veía eran nada menos que Nosi-oa-Tunya - nombre en Setswana cuya traducción literal es: “Humo que ruge allá” – y que se refiere a las Cataratas de Victoria, bautizadas por el Dr. Livingstone, en honor a su reina. La insalvable grieta de mil setecientos metros de ancho, y más de cien de profundidad, por la que se precipitan las aguas del Zambezi, se transformó en un nuevo obstáculo que nuevamente hizo imposible el éxito de esta empresa. El tenaz Doctor no se dio por vencido y se volvió a embarcar en otras exploraciones ahora en busca del origen del río Nilo. Habiendo conocido sus hazañas, el periodista neoyorkino Henry Morton Stanleyse embarcó en la misión de seguir los pasos al Dr. Livingtone. Fue así como en las cercanías de Lago Tanganika, en 1871, logra dar con alguien cuyos rasgos coincidían con los del escocés, a quién se dirigió flemáticamente como ” Dr. Livingstone?..I Presume!”
Tenía razón Bianchi, pues la historia de Mr. Livingstone , y en especial la frase ésta, es mundialmente famosa, y por estos lados es considerado héroe nacional. Además, publicó libros en los que narra cómo fue encontrarse con las cataratas en medio de su camino al Océano Indico. Imposible no recordar a nuestro querido y tenaz Sapito venerado y respetado comentarista deportivo, que, pienso no sería raro tuviese algún parentesco con el doctor escocés y que nos lo contara de sorpresa en plena transmisión del próximo Mundial 2010.
Resumiré en breves palabras, porque se trata de una historia que da para largo y de un personaje fascinante que vale la pena conocer. Uno de los primeros europeos que se adentró en las profundidades de Africa del sur, por allá por 1850, fue un explorador, misionero y médico escocés llamado David Livingstone, quién, tras terminar sus estudios en Inglaterra se vino a Africa con el objeto de evangelizar y difundir el cristianismo, pero le impresionó profundamente el sufrimiento y el horror producto del comercio de esclavos. Decidido a terminar con este negocio, pensó en otras alternativas de comercio posibles de implementar dadas las condiciones y recursos disponibles. Una de las que evaluó fue enviar algodón a Europa, exportando a través de puertos del Atlántico, más precisamente desde Angola. Su innato espíritu explorador lo llevó a revisar esta alternativa en terreno. No le resultó por los accidentes geográficos que se le presentaban en el camino. No conforme, y habiendo descubierto ya el río Zambezi, navegable en vastas extensiones y que desemboca en las costas de Mozambique en el Océano Indico – tierras en esos tiempos conquistadas por los Portugueses - organizó otra expedición en busca del lo que algunos llamaban el Camino de los Dioses, el río que supuestamente le permitiría llegar al mar y llevar a cabo su objetivo. Navegando por el Zambezi, un día de pronto divisó a lo lejos unas impresionantes columnas de humo que se alzaban cientos de metros sobre el nivel del Río. Nunca sospechó que lo que veía eran nada menos que Nosi-oa-Tunya - nombre en Setswana cuya traducción literal es: “Humo que ruge allá” – y que se refiere a las Cataratas de Victoria, bautizadas por el Dr. Livingstone, en honor a su reina. La insalvable grieta de mil setecientos metros de ancho, y más de cien de profundidad, por la que se precipitan las aguas del Zambezi, se transformó en un nuevo obstáculo que nuevamente hizo imposible el éxito de esta empresa. El tenaz Doctor no se dio por vencido y se volvió a embarcar en otras exploraciones ahora en busca del origen del río Nilo. Habiendo conocido sus hazañas, el periodista neoyorkino Henry Morton Stanleyse embarcó en la misión de seguir los pasos al Dr. Livingtone. Fue así como en las cercanías de Lago Tanganika, en 1871, logra dar con alguien cuyos rasgos coincidían con los del escocés, a quién se dirigió flemáticamente como ” Dr. Livingstone?..I Presume!”
Tenía razón Bianchi, pues la historia de Mr. Livingstone , y en especial la frase ésta, es mundialmente famosa, y por estos lados es considerado héroe nacional. Además, publicó libros en los que narra cómo fue encontrarse con las cataratas en medio de su camino al Océano Indico. Imposible no recordar a nuestro querido y tenaz Sapito venerado y respetado comentarista deportivo, que, pienso no sería raro tuviese algún parentesco con el doctor escocés y que nos lo contara de sorpresa en plena transmisión del próximo Mundial 2010.
lunes, 12 de octubre de 2009
MI CUMPLEAÑOS SOBREVOLANDO DEL DELTA DEL RÍO OKAVANGO
Hace exactamente un año, celebraba mi cumpleaños número cincuenta. Recuerdo claramente que durante todo ese día estuve invadido por un sentimiento mezcla de gratitud, humildad y curiosidad. Gratitud por gozar de buena salud, porque puedo amar con igual o más pasión y compromiso que antes, por disfrutar al máximo de lo que hago, porque trabajo con un equipo que quiero y valoro demasiado, y por poder celebrarlo con mi familia y mis amigos. Humildad porque es una de las virtudes que más admiro, trato de practicar y con la que más me he ido identificando a lo largo de los años, y Curiosidad – que gracias a Dios nunca he perdido – por saber qué se traería este segundo tiempo del que, honestamente, no esperaba nada tan espectacular, sino que más bien una suerte de lata de tener que comenzar a internalizar la realidad, aunque muy lejana, de los cuarteles de invierno, de la proximidad forzada al mundo médico y las isapres (que palabra tan lejana y nada que ver con este entorno..), la aparición insostenible de pliegues y cueros colgantes y el aumento progresivo de las imágenes en tiempo pasado yo fui, yo tuve, yo hice, yo me recuerdo que….etc.
Me encuentro sentado frente al computador, en la habitación número seis del precioso, elegante, moderno y acogedor Vumbura Plains Camp, ubicado en una isla en el delta del Río Okavango en Botswana. Se trata de una palapa de unos sesenta metros cuadrados, con techo de paja en forma de cono cuadrado al revés, con las paredes laterales de género verde oscuro típico de carpa y con ventanales de suelo a cielo que, en reemplazo de vidrios tienen una atinada malla de kiwi negra y transparente que permite que el aire seco circule e impida el ingreso de los mosquitos. La temperatura alcanza unos treinta y cinco grados a la sombra. Los colores de los muebles y tapices son en tonos beige y blanco y el piso de tablones de madera pintada al alballalde blanco. En una esquina del amplio espacio cuadrado de la habitación hay un ducha con una prominente challa y una repisita que contiene todo tipo de amenidades para jabonarse y lavarse el pelo, en otra esquina y privado se encuentra el escusado y en el centro, un precioso mueble de madera de ébano marrón oscuro de diseño moderno y formas art deco - que perfectamente podría ser el bar o el escritorio - que contiene dos lavamanos contrapuestos y separados por un delgado y largo espejo que pende del techo y llega hasta unos treinta centímetros de la cubierta. Frente a la ancha cama, coronada por el infaltable mosquitero en cuyo centro hay un ventilador de aspas, hay un espacio a desnivel con un sofá en L repleto de cojines de gamuza, e insinuando la marcación de los espacios, cuelgan desde el alto techo varios géneros delgados blancos de unos 150 cms de ancho que se mueven suave y constantemente al compás del viento exterior. Todo está perfectamente logrado y nada desentona. La sensación que siento en este lugar es de paz, equilibrio y armonía. La terraza tiene un gran deck de listones de madera con dos tumbonas un sector con cojines bajo un cobertizo y en el borde una piscina de mediana profundidad de dos por tres metros. También a la interperie, en otra terraza más pequeña hay otra ducha . La vista se pierde en las enormes planicies inundadas de Vumbura, por estos días, en plena época seca, se encuentran cubiertas de pastos verdes y papiros, manjar preferido de elefantes y antílopes que deambulan por los alrededores. El entorno lo cubre hoy una espesa y no muy agradable bruma. Pienso que los ojos me pican producto del repelente para mosquitos que debo echarme de tanto en tanto pero, me cuentan en la Recepción que el viento está soplando desde el este y desplaza consigo el humo de varios incendios que arden desde hace unos días a pocos kilómetros de acá, y de los cuales nadie parece preocuparse mucho. Pienso en las aterradoras imágenes de los incendios de hace algunas semanas de Los Angeles o Atenas, pero claramente en esta parte de la sabana Africana se maneja otro código pues todo cuanto sucede se le atribuye a la naturaleza y sus procesos. Aunque los incendios hayan sido intencionales, ella misma se encargará de apagarlos.
Mis amigos de Wilderness Safaris dueños de este Camp, con quien hacemos este viaje junto a la Mery y Yura, pensaban darme una sorpresa para mi cumpleaños, pero en algún momento a alguien involuntariamente se le salió. Para no desilusionarles, no le di mayor atención aunque ya no fuera sorpresa para mí. Cada noche durante la comida planificamos las actividades del día siguiente, así es que anoche confirmé que el regalo de cumpleaños que me tenían era un paseo en helicóptero sobre el delta del Rio Okavango, algo que había soñado cientos de veces y que nunca pensé que llegaría a cumplir. Quedamos de acuerdo en que, para captar la mejor luz para filmar y fotografiar, deberíamos despegar a las ocho de la mañana. Tras un liviano desayuno, nos dirigimos en Jeep al helipuerto del Camp ubicado a no más de un kilómetro. Al llegar nos esperaba Anni, una rubia treintona y sonriente, más bien baja y de contextura gruesa, quien nos recibió con un fuerte apretón de manos, gesto que no me hubiese llamado la atención si no fuera porque hombre y mujeres locales al dar la mano lo hace con ésta fláccida y fofa. Raro pues ante los tamaños de las personas, uno inconscientemente espera que el saludo sea firme, cosa que no sucede. Anni es la one-woman-show: recepcionista, azafata y comandante del AMB 35, un espectacular helicóptero color concho de vino con capacidad para seis personas al cual, de puro buena onda, le había removido las puertas laterales para permitirnos filmar sin obstáculos ni reflejos. Desde que bajamos del jeep hasta que estuvimos ya sentados y amarrados incluso habiéndome asegurado el broche de los cinturones con una cinta café plástica para envolver – imagino que para impedir desabrocharse en pleno vuelo y saltar al vacío – tuve un flashback al cumpleaños del año pasado dónde me preguntaba qué sería de mi vida en el futuro. Me emocioné y se me puso la carne de gallina al internalizar que hoy, cumpliendo uno más de cincuenta, la vida continuaba y me seguía regalando sorpresas. Coincidí plenamente con aquello de que el calendario vale hongo y que el espíritu “ it´s all about” como repiten constantemente por acá.
Sobrevolar el Okavango. Tantas veces pensé en que daría cualquier cosa por hacer ese vuelo y sentirme libre y feliz como la Meryl Streep y Robert Redford sobrevolando los flamencos del Lago Nakuru en Out of Africa. Incontables tardes tirado de guata en mi cama con los brazos en triangulo y las muñecas sosteniéndome la pera, viendo en la tele los documentales del Nat Geo y Animal Planet que mostraban vistas aéreas de las manadas de elefantes chapoteando en las aguas de este maravilloso y único oasis en el medio del desierto Kalahari. Y se hizo realidad. La Mery sentada de copiloto con anteojos Rayban al tono, sosteniendo su cámara con el potente lente, me hacía recordar a esos fotógrafos que se agazapan tras los arcos en los partidos de fútbol . En la cabina trasera y sentado a mi izquierda, Yura con la cámara y audífonos funcionando. Al frente de él , OB nuestro experto y respetado guía sentado tieso, con grandes anteojos negros tipo dictador, callado, con los brazos cruzados. Nos confesó mientras tomábamos desayuno que le carga volar en helicóptero porque se marea. Me lo imaginaba rezando en Tswana para que la guata no le fallara. Yo también me plegaba a sus oraciones porque el cuadrito aquel no hubiese sido nada de placentero. A los pocos segundos y a unos cientos de metros una manada de búfalos pastan en las praderas verdes. Impalas, elefantes y hasta un cocodrilo flojeando al sol en una pequeña isla pudimos ver en la media hora que duró el vuelo y cuyo momento culmine fue un vuelo rasante a no más de cincuenta metros de la superficie. Entremedio, me afloró un acto esotérico y pensé qué podría significar el comenzar celebrando el día de mi cumpleaños en mi elemento, el aire. No llegue a ninguna conclusión más simple que, sea lo que sea, se llame como se llame, o se deba a quien se deba, me siento súper contento, privilegiado, y estimulado con la sensación de que aún tengo tanto por hacer y tantas aventuras por vivir. Por lo pronto esta tarde, a las cuatro, nos espera una lancha en la que haremos un paseo por los canales cercanos al Camp filmando imágenes para nuestro programa Africa Ad Portas . Le hemos dicho a OB que queremos ver más de cerca los cocodrilos y los hipopótamos que nos han sido esquivos en este viaje. Veremos qué logra. En cualquier caso, happy birthday Uge!
Me encuentro sentado frente al computador, en la habitación número seis del precioso, elegante, moderno y acogedor Vumbura Plains Camp, ubicado en una isla en el delta del Río Okavango en Botswana. Se trata de una palapa de unos sesenta metros cuadrados, con techo de paja en forma de cono cuadrado al revés, con las paredes laterales de género verde oscuro típico de carpa y con ventanales de suelo a cielo que, en reemplazo de vidrios tienen una atinada malla de kiwi negra y transparente que permite que el aire seco circule e impida el ingreso de los mosquitos. La temperatura alcanza unos treinta y cinco grados a la sombra. Los colores de los muebles y tapices son en tonos beige y blanco y el piso de tablones de madera pintada al alballalde blanco. En una esquina del amplio espacio cuadrado de la habitación hay un ducha con una prominente challa y una repisita que contiene todo tipo de amenidades para jabonarse y lavarse el pelo, en otra esquina y privado se encuentra el escusado y en el centro, un precioso mueble de madera de ébano marrón oscuro de diseño moderno y formas art deco - que perfectamente podría ser el bar o el escritorio - que contiene dos lavamanos contrapuestos y separados por un delgado y largo espejo que pende del techo y llega hasta unos treinta centímetros de la cubierta. Frente a la ancha cama, coronada por el infaltable mosquitero en cuyo centro hay un ventilador de aspas, hay un espacio a desnivel con un sofá en L repleto de cojines de gamuza, e insinuando la marcación de los espacios, cuelgan desde el alto techo varios géneros delgados blancos de unos 150 cms de ancho que se mueven suave y constantemente al compás del viento exterior. Todo está perfectamente logrado y nada desentona. La sensación que siento en este lugar es de paz, equilibrio y armonía. La terraza tiene un gran deck de listones de madera con dos tumbonas un sector con cojines bajo un cobertizo y en el borde una piscina de mediana profundidad de dos por tres metros. También a la interperie, en otra terraza más pequeña hay otra ducha . La vista se pierde en las enormes planicies inundadas de Vumbura, por estos días, en plena época seca, se encuentran cubiertas de pastos verdes y papiros, manjar preferido de elefantes y antílopes que deambulan por los alrededores. El entorno lo cubre hoy una espesa y no muy agradable bruma. Pienso que los ojos me pican producto del repelente para mosquitos que debo echarme de tanto en tanto pero, me cuentan en la Recepción que el viento está soplando desde el este y desplaza consigo el humo de varios incendios que arden desde hace unos días a pocos kilómetros de acá, y de los cuales nadie parece preocuparse mucho. Pienso en las aterradoras imágenes de los incendios de hace algunas semanas de Los Angeles o Atenas, pero claramente en esta parte de la sabana Africana se maneja otro código pues todo cuanto sucede se le atribuye a la naturaleza y sus procesos. Aunque los incendios hayan sido intencionales, ella misma se encargará de apagarlos.
Mis amigos de Wilderness Safaris dueños de este Camp, con quien hacemos este viaje junto a la Mery y Yura, pensaban darme una sorpresa para mi cumpleaños, pero en algún momento a alguien involuntariamente se le salió. Para no desilusionarles, no le di mayor atención aunque ya no fuera sorpresa para mí. Cada noche durante la comida planificamos las actividades del día siguiente, así es que anoche confirmé que el regalo de cumpleaños que me tenían era un paseo en helicóptero sobre el delta del Rio Okavango, algo que había soñado cientos de veces y que nunca pensé que llegaría a cumplir. Quedamos de acuerdo en que, para captar la mejor luz para filmar y fotografiar, deberíamos despegar a las ocho de la mañana. Tras un liviano desayuno, nos dirigimos en Jeep al helipuerto del Camp ubicado a no más de un kilómetro. Al llegar nos esperaba Anni, una rubia treintona y sonriente, más bien baja y de contextura gruesa, quien nos recibió con un fuerte apretón de manos, gesto que no me hubiese llamado la atención si no fuera porque hombre y mujeres locales al dar la mano lo hace con ésta fláccida y fofa. Raro pues ante los tamaños de las personas, uno inconscientemente espera que el saludo sea firme, cosa que no sucede. Anni es la one-woman-show: recepcionista, azafata y comandante del AMB 35, un espectacular helicóptero color concho de vino con capacidad para seis personas al cual, de puro buena onda, le había removido las puertas laterales para permitirnos filmar sin obstáculos ni reflejos. Desde que bajamos del jeep hasta que estuvimos ya sentados y amarrados incluso habiéndome asegurado el broche de los cinturones con una cinta café plástica para envolver – imagino que para impedir desabrocharse en pleno vuelo y saltar al vacío – tuve un flashback al cumpleaños del año pasado dónde me preguntaba qué sería de mi vida en el futuro. Me emocioné y se me puso la carne de gallina al internalizar que hoy, cumpliendo uno más de cincuenta, la vida continuaba y me seguía regalando sorpresas. Coincidí plenamente con aquello de que el calendario vale hongo y que el espíritu “ it´s all about” como repiten constantemente por acá.
Sobrevolar el Okavango. Tantas veces pensé en que daría cualquier cosa por hacer ese vuelo y sentirme libre y feliz como la Meryl Streep y Robert Redford sobrevolando los flamencos del Lago Nakuru en Out of Africa. Incontables tardes tirado de guata en mi cama con los brazos en triangulo y las muñecas sosteniéndome la pera, viendo en la tele los documentales del Nat Geo y Animal Planet que mostraban vistas aéreas de las manadas de elefantes chapoteando en las aguas de este maravilloso y único oasis en el medio del desierto Kalahari. Y se hizo realidad. La Mery sentada de copiloto con anteojos Rayban al tono, sosteniendo su cámara con el potente lente, me hacía recordar a esos fotógrafos que se agazapan tras los arcos en los partidos de fútbol . En la cabina trasera y sentado a mi izquierda, Yura con la cámara y audífonos funcionando. Al frente de él , OB nuestro experto y respetado guía sentado tieso, con grandes anteojos negros tipo dictador, callado, con los brazos cruzados. Nos confesó mientras tomábamos desayuno que le carga volar en helicóptero porque se marea. Me lo imaginaba rezando en Tswana para que la guata no le fallara. Yo también me plegaba a sus oraciones porque el cuadrito aquel no hubiese sido nada de placentero. A los pocos segundos y a unos cientos de metros una manada de búfalos pastan en las praderas verdes. Impalas, elefantes y hasta un cocodrilo flojeando al sol en una pequeña isla pudimos ver en la media hora que duró el vuelo y cuyo momento culmine fue un vuelo rasante a no más de cincuenta metros de la superficie. Entremedio, me afloró un acto esotérico y pensé qué podría significar el comenzar celebrando el día de mi cumpleaños en mi elemento, el aire. No llegue a ninguna conclusión más simple que, sea lo que sea, se llame como se llame, o se deba a quien se deba, me siento súper contento, privilegiado, y estimulado con la sensación de que aún tengo tanto por hacer y tantas aventuras por vivir. Por lo pronto esta tarde, a las cuatro, nos espera una lancha en la que haremos un paseo por los canales cercanos al Camp filmando imágenes para nuestro programa Africa Ad Portas . Le hemos dicho a OB que queremos ver más de cerca los cocodrilos y los hipopótamos que nos han sido esquivos en este viaje. Veremos qué logra. En cualquier caso, happy birthday Uge!
domingo, 4 de octubre de 2009
Relato de Viaje Africa Ad Portas 1 05OCT09
Africa Ad Portas 1
Son las doce y media del día Domingo 04 de Octubre. El día está nublado, gris e inquieto producto de las incesantes ráfagas de viento que anuncian silvando la proximidad de las primeras lluvias de la temporada que se esperan para esta tarde. En los secos pastos de la planicie enfrente de mi habitación, puedo ver un grupo de impalas en estado de alerta, moviendo pendularmente sus colitas acercándose a beber a un diminuto espejo de agua ubicado a unos pocos metros de la terraza. Mas allá, un solitario Warthog, más conocido como Hakuna Matata, rastrojea frenéticamente la amarilla hierba, y una espigada jirafa que con mucho esfuerzo come las primeras hojas de unos arbustos que le no le alcanzan a llegar al estómago. No puedo dejar de sentirme sino un privilegiado frente a lo que estoy viviendo.
Todo esto sucede en Mala Mala, una enorme reserva privada de 13.000 hectáreas, situada a orillas del río Sand, en los límites del Parque Kruger, al nor-este de Sudáfrica, a donde hemos llegado ayer junto a María Gracia Subercaseaux ( en adelante La Mery) y Yura Labarca (nuestro eximio y paciente camarógrafo) , el equipo de Africa Ad Portas, programa que transmitirá Canal 13 Cable desde Marzo próximo. Volamos desde Santiago a Cape Town, vía Buenos Aires y Johannesburg en South African Airlines, el miércoles 23 de septiembre. Hoy es nuestro onceavo día de viaje, de un total de cuarenta. No nos hemos dado cuenta cómo se nos han pasado estos días. Cada uno ha sido diferente y repleto de actividades que la Mery y Yura han ido registrando meticulosamente con sus cámaras. Estábamos expectantes de cómo nos íbamos a llevar entre los tres sometidos a un itinerario tan exigente. Nos conocíamos mucho con ella y menos con Yura, pero no habíamos viajado ni trabajado nunca juntos. Por suerte hasta ahora todo ha sido perfecto. Pienso que se debe a que cada uno hace bien su pega y no nos competimos sino que nos ayudamos y complementamos. Varias veces nos hemos reído a carcajadas, otras me han aconsejado cómo hacerlo bien ante la cámara, nos hemos apoyado en momentos de nostalgia y hemos comido como chancho por nombrar algunas de las innumerables cosas que hemos vivido. Yo al menos, debo tener ya unos 3 kilos demás. También se han derramado algunas lágrimas y un cuasi desmayo que nos asustó ayer en el aeropuerto de Johannesburg ( en adelante Joburg) ayer cuando un corte general de luz nos sorprendió mientras descendíamos por una escalera mecánica, obligándonos a evacuarla saltando el carro porta equipajes, para luego bajar las maletas y correr cientos de metros escaleras arriba y llegar al check-in antes de que cerraran el vuelo a Mala Mala.
Llegamos a Capetown con un temporal de lluvias en ciernes. Alojamos en el sensacional Hotel Cape Grace ubicado en el Waterfront. Durante los siguientes días disfrutamos viendo enormes cúmulos blancos, sol radiante, cielo azul y la primavera en su apogeo con flores por todas partes. Que ciudad más maravillosa. Limpia, diversa, entretenida, fácil de abordar y con muchos barrios que van rodeando la montaña desde el distrito financiero pasando por las viñas de Contantia y los Jardines de Kirstenboch a las playas de Camps Bay y terminando en el famoso Victoria and Albert Waterfront, centro neurálgico de la actividad turística de la ciudad. Cuando llegamos estaba nublado y oscuro. Al día siguiente despejó y pudimos subir la espectacular Montaña de la Mesa y visitar Cabo de Buena Esperanza y Cape Point pasando por los encantadores pueblos de Simon´s Town, Kalk Bay, Hout Bay. En el viaje de 60 Kms. aprox. a las tierras de los vinos, al llegar a Franschoeck nos recibió un precioso arcoiris que agregó aún mas belleza a este pequeño pueblo montañoso fundado por inmigrantes franceses en 1.688. Nos alojamos en el mejor hotel que he estado nunca , Le Quartier Francés y que además se precia de tener el mejor restaurant de Africa y el medio Oriente elegido consecutivamente como tal en los últimos siete años. Quince días de anticipación se necesitan para reservar una mesa. Luego seguimos a Stellenbosch, una acogedora ciudad universitaria con calles, tiendas, cafés y casas mayoritariamente estilo holandés, repleta de buganvilias, jacarandá, ceibos, jazmines y flores de todos colores y por todas partes. Un espectáculo. Luego, viajamos bordeando la costa en dirección a Hermanus, un elegante balneario en plena Costa llamada Costa de las Ballenas. Resulta muy emocionante ver desde la terraza del precioso Hotel Birkenhead House, las ballenas que llegan a las bahías de esta costa a tener sus crías entre los meses de Mayo y Octubre.
Volvimos a Capetown para tomar un avión a George, en la Ruta Jardín. Conocimos Knysna y alojamos en Plettenberg Bay, en el pequeño y elegante Relais & Chateaux The Plettenberg. A unos kilómetros de ahí se encuentra el puente sobre el Rio Bloukrans desde el cual, en un arrojo de valentía que jamás imaginé que tendría, salté en Bungee desde 216 metros (ven en Youtube http://www.youtube.com/watch?v=-pcv3ZUjyEw ) La Ruta Jardín se llama así porque el entorno que la rodea es en si mismo un jardín. Más aún en primavera cuando al paisaje habitual se le suman infinitos tipos de flores silvestres de todos colores y formas. Hay en esta ruta interminables playas solitarias de arenas blancas y mar ventoso con grandes olas que constituyen el escenario perfecto para la práctica de deportes a vela y en especial el kite surf.
Desde George volamos a Sun City. Fuerte el cambio. En medio de un paisaje de secano muy parecido al sector de la cuesta de las Chilcas o Catapilco en Chile, y en un valle que forman un grupo de cerros de mediana altura se alza Sun City – o la Ciudad Perdida – a dos horas y media por auto al nor-este de Johannesburg. Un resort que a principios de los 90’s comenzó siendo uno de los únicos casinos del país, y que, luego que cambió la ley, y se multiplicaron éstos, no le quedó más alternativa que re-inventarse y pasar a ser, aparte de casino y centro de convenciones, un resort familiar con todas las atracciones imaginables. Todo es artificial, de grandes dimensiones y a veces rayano en la exageración. Uno de sus atractivos es un puente en el que a cada hora ocurre un terremoto bastante bien logrado, que evoca la leyenda de cómo se destruyó la que fuera la Ciudad Perdida y que después de varios siglos fue reconstruida en lo que es hoy. Cuatro hoteles - nosotros alojamos en el sobrecargado The Palace – centro de convenciones, canchas de golf, piscina con olas, tenis, establo de elefantes, pueblo artesanal, granja de cocodrilos, en fin, lo que se pueda uno imaginar. Todo recuerda a algún parque temático de Florida y llama la atención como el paisaje deliberadamente intervenido cambia de secano a tropical apenas cruzando el portal de entrada.
Desde la Ciudad Perdida nos fuimos a Pretoria – también llamada oficialmente Tshwane - la Capital Administrativa de Sudáfrica y sede del gobierno, los ministerios, servicios públicos y las embajadas. Está ubicada a 50 kilómetros de Joburg y unida por excelentes autopistas y pronto por un tren de alta velocidad. Dado el gran crecimiento de ambas ciudades, ya prácticamente se encuentran unidas. Casi todas sus calles y avenidas de la ciudad están arboladas con enormes Jacarandá, y como es Octubre están en plena floración lo que es un espectáculo sobrecogedor que uno no se cansa de mirar. Dicen las guías turísticas que cuando los Jacarandá de Pretoria están en plenitud, se puede apreciar su color azul intenso desde el espacio. Pretoria es pequeña, abordable, con mucha actividad comercial y demorosos tacos de tráfico en las horas peak. Sus fundadores fueron Boers, agricultores de origen holandés. Hoy los blancos conviven con la mayoría de la población que es negra y de origen Tswana y Pedi. Almorzamos en el emblemático Café Riche y filmamos una escenas muy divertidas en Church Square conversando con varios jóvenes curiosos por las cámaras e hinchas del Bafana Bafana, el nombre que le dan a la Selección de Futbol de Sudáfrica. Por supuesto que ninguno tenía idea qué significaba ni menos donde quedaba Chile. Solo los más futboleros lograban identificar nuestro país a través de un africanamente- pronunciado “Salas”. Hicimos algunas tomas frente a la ex Corte Suprema, el edificio más odiado en Sudáfrica por haber sido el centro de operaciones en tiempos del Apartheid, del que emanaban todas las leyes y acciones represivas en contra de los negros y donde también fue juzgado y condenado Nelson Mandela, quien tras ese juicio fue condenado a prisión en la cárcel de Robben Island en Cape Town. Visitamos al atardecer el Union Building, la sede del Gobierno y asiento del Presidente de la República, situado en la cima de una de las múltiples colinas que flanquean la ciudad. Me gustó mucho Pretoria.
Desde Pretoria nos fuimos por tierra a Joburg y luego en un pequeño avión de South African volamos hasta le pista de Mala Mala, desde donde me encuentro escribiendo. Tras haber comenzado a escribir comenzó a caer una suave lluvia que duró cerca de una hora, y que bastó para que emanara un exquisito olor a tierra mojada y a que los animales buscaran refugio bajo los árboles. Mas tarde despejó y alrededor de las 4pm fuimos de safari. Esta tarde vimos bufalos y elefantes. En la mañana, vimos al menos tres leopardos - cosa muy rara por estos lados – leones y rinocerontes. En dos safari ya habíamos visto los Cinco Grandes. Este es mi tercer viaje en safaris por lo que tengo ya algo de experiencia. Esta vez, mas que a sacar fotos, me dediqué a observar, a disfrutar y a compartir la emoción de la Mery y Yura que se iba desatando a medida que avanzaba el safari e iban apareciendo los animales. No recuerdo haberlo pasado mejor en jornadas similares. Hemos regresado cerca de las 19.45 ya caída la noche. Termino este artículo acompañado del canto de quien sabe cuantas ranas y animales nocturnos que rodean la cabaña en que estoy. Este camp no tiene cerco de protección, por que puede aparecer cualquier animal. De hecho, siento unos rugidos roncos como de un animal grande que no alcanzo a identificar. Debo terminar e irme al living donde me podré conectar con Wifi y enviar estas letras. Allá me esperan mis cada vez mas entrañables amigos Mery y Yura, seguramente ambos trabajando en seleccionar fotos y editar las cintas. Se nos viene una copa de sauvignon blanco muy helado, la conversa con el recuento de las emociones del día, y la rica cama que nos acogerá en nuestra última noche en Mala Mala. Mañana lunes 05 de Octubre en la mañana volaremos en una avioneta desde la pista de aterrizaje que está a cinco minutos de aquí, con destino a Nelspruit donde abordaremos un avión que nos llevará a Livingstone, Zambia, donde nos quedaremos otras dos noches y desde donde prometo escribir nuevamente en la medida que tenga tiempo e inspiración.
Son las doce y media del día Domingo 04 de Octubre. El día está nublado, gris e inquieto producto de las incesantes ráfagas de viento que anuncian silvando la proximidad de las primeras lluvias de la temporada que se esperan para esta tarde. En los secos pastos de la planicie enfrente de mi habitación, puedo ver un grupo de impalas en estado de alerta, moviendo pendularmente sus colitas acercándose a beber a un diminuto espejo de agua ubicado a unos pocos metros de la terraza. Mas allá, un solitario Warthog, más conocido como Hakuna Matata, rastrojea frenéticamente la amarilla hierba, y una espigada jirafa que con mucho esfuerzo come las primeras hojas de unos arbustos que le no le alcanzan a llegar al estómago. No puedo dejar de sentirme sino un privilegiado frente a lo que estoy viviendo.
Todo esto sucede en Mala Mala, una enorme reserva privada de 13.000 hectáreas, situada a orillas del río Sand, en los límites del Parque Kruger, al nor-este de Sudáfrica, a donde hemos llegado ayer junto a María Gracia Subercaseaux ( en adelante La Mery) y Yura Labarca (nuestro eximio y paciente camarógrafo) , el equipo de Africa Ad Portas, programa que transmitirá Canal 13 Cable desde Marzo próximo. Volamos desde Santiago a Cape Town, vía Buenos Aires y Johannesburg en South African Airlines, el miércoles 23 de septiembre. Hoy es nuestro onceavo día de viaje, de un total de cuarenta. No nos hemos dado cuenta cómo se nos han pasado estos días. Cada uno ha sido diferente y repleto de actividades que la Mery y Yura han ido registrando meticulosamente con sus cámaras. Estábamos expectantes de cómo nos íbamos a llevar entre los tres sometidos a un itinerario tan exigente. Nos conocíamos mucho con ella y menos con Yura, pero no habíamos viajado ni trabajado nunca juntos. Por suerte hasta ahora todo ha sido perfecto. Pienso que se debe a que cada uno hace bien su pega y no nos competimos sino que nos ayudamos y complementamos. Varias veces nos hemos reído a carcajadas, otras me han aconsejado cómo hacerlo bien ante la cámara, nos hemos apoyado en momentos de nostalgia y hemos comido como chancho por nombrar algunas de las innumerables cosas que hemos vivido. Yo al menos, debo tener ya unos 3 kilos demás. También se han derramado algunas lágrimas y un cuasi desmayo que nos asustó ayer en el aeropuerto de Johannesburg ( en adelante Joburg) ayer cuando un corte general de luz nos sorprendió mientras descendíamos por una escalera mecánica, obligándonos a evacuarla saltando el carro porta equipajes, para luego bajar las maletas y correr cientos de metros escaleras arriba y llegar al check-in antes de que cerraran el vuelo a Mala Mala.
Llegamos a Capetown con un temporal de lluvias en ciernes. Alojamos en el sensacional Hotel Cape Grace ubicado en el Waterfront. Durante los siguientes días disfrutamos viendo enormes cúmulos blancos, sol radiante, cielo azul y la primavera en su apogeo con flores por todas partes. Que ciudad más maravillosa. Limpia, diversa, entretenida, fácil de abordar y con muchos barrios que van rodeando la montaña desde el distrito financiero pasando por las viñas de Contantia y los Jardines de Kirstenboch a las playas de Camps Bay y terminando en el famoso Victoria and Albert Waterfront, centro neurálgico de la actividad turística de la ciudad. Cuando llegamos estaba nublado y oscuro. Al día siguiente despejó y pudimos subir la espectacular Montaña de la Mesa y visitar Cabo de Buena Esperanza y Cape Point pasando por los encantadores pueblos de Simon´s Town, Kalk Bay, Hout Bay. En el viaje de 60 Kms. aprox. a las tierras de los vinos, al llegar a Franschoeck nos recibió un precioso arcoiris que agregó aún mas belleza a este pequeño pueblo montañoso fundado por inmigrantes franceses en 1.688. Nos alojamos en el mejor hotel que he estado nunca , Le Quartier Francés y que además se precia de tener el mejor restaurant de Africa y el medio Oriente elegido consecutivamente como tal en los últimos siete años. Quince días de anticipación se necesitan para reservar una mesa. Luego seguimos a Stellenbosch, una acogedora ciudad universitaria con calles, tiendas, cafés y casas mayoritariamente estilo holandés, repleta de buganvilias, jacarandá, ceibos, jazmines y flores de todos colores y por todas partes. Un espectáculo. Luego, viajamos bordeando la costa en dirección a Hermanus, un elegante balneario en plena Costa llamada Costa de las Ballenas. Resulta muy emocionante ver desde la terraza del precioso Hotel Birkenhead House, las ballenas que llegan a las bahías de esta costa a tener sus crías entre los meses de Mayo y Octubre.
Volvimos a Capetown para tomar un avión a George, en la Ruta Jardín. Conocimos Knysna y alojamos en Plettenberg Bay, en el pequeño y elegante Relais & Chateaux The Plettenberg. A unos kilómetros de ahí se encuentra el puente sobre el Rio Bloukrans desde el cual, en un arrojo de valentía que jamás imaginé que tendría, salté en Bungee desde 216 metros (ven en Youtube http://www.youtube.com/watch?v=-pcv3ZUjyEw ) La Ruta Jardín se llama así porque el entorno que la rodea es en si mismo un jardín. Más aún en primavera cuando al paisaje habitual se le suman infinitos tipos de flores silvestres de todos colores y formas. Hay en esta ruta interminables playas solitarias de arenas blancas y mar ventoso con grandes olas que constituyen el escenario perfecto para la práctica de deportes a vela y en especial el kite surf.
Desde George volamos a Sun City. Fuerte el cambio. En medio de un paisaje de secano muy parecido al sector de la cuesta de las Chilcas o Catapilco en Chile, y en un valle que forman un grupo de cerros de mediana altura se alza Sun City – o la Ciudad Perdida – a dos horas y media por auto al nor-este de Johannesburg. Un resort que a principios de los 90’s comenzó siendo uno de los únicos casinos del país, y que, luego que cambió la ley, y se multiplicaron éstos, no le quedó más alternativa que re-inventarse y pasar a ser, aparte de casino y centro de convenciones, un resort familiar con todas las atracciones imaginables. Todo es artificial, de grandes dimensiones y a veces rayano en la exageración. Uno de sus atractivos es un puente en el que a cada hora ocurre un terremoto bastante bien logrado, que evoca la leyenda de cómo se destruyó la que fuera la Ciudad Perdida y que después de varios siglos fue reconstruida en lo que es hoy. Cuatro hoteles - nosotros alojamos en el sobrecargado The Palace – centro de convenciones, canchas de golf, piscina con olas, tenis, establo de elefantes, pueblo artesanal, granja de cocodrilos, en fin, lo que se pueda uno imaginar. Todo recuerda a algún parque temático de Florida y llama la atención como el paisaje deliberadamente intervenido cambia de secano a tropical apenas cruzando el portal de entrada.
Desde la Ciudad Perdida nos fuimos a Pretoria – también llamada oficialmente Tshwane - la Capital Administrativa de Sudáfrica y sede del gobierno, los ministerios, servicios públicos y las embajadas. Está ubicada a 50 kilómetros de Joburg y unida por excelentes autopistas y pronto por un tren de alta velocidad. Dado el gran crecimiento de ambas ciudades, ya prácticamente se encuentran unidas. Casi todas sus calles y avenidas de la ciudad están arboladas con enormes Jacarandá, y como es Octubre están en plena floración lo que es un espectáculo sobrecogedor que uno no se cansa de mirar. Dicen las guías turísticas que cuando los Jacarandá de Pretoria están en plenitud, se puede apreciar su color azul intenso desde el espacio. Pretoria es pequeña, abordable, con mucha actividad comercial y demorosos tacos de tráfico en las horas peak. Sus fundadores fueron Boers, agricultores de origen holandés. Hoy los blancos conviven con la mayoría de la población que es negra y de origen Tswana y Pedi. Almorzamos en el emblemático Café Riche y filmamos una escenas muy divertidas en Church Square conversando con varios jóvenes curiosos por las cámaras e hinchas del Bafana Bafana, el nombre que le dan a la Selección de Futbol de Sudáfrica. Por supuesto que ninguno tenía idea qué significaba ni menos donde quedaba Chile. Solo los más futboleros lograban identificar nuestro país a través de un africanamente- pronunciado “Salas”. Hicimos algunas tomas frente a la ex Corte Suprema, el edificio más odiado en Sudáfrica por haber sido el centro de operaciones en tiempos del Apartheid, del que emanaban todas las leyes y acciones represivas en contra de los negros y donde también fue juzgado y condenado Nelson Mandela, quien tras ese juicio fue condenado a prisión en la cárcel de Robben Island en Cape Town. Visitamos al atardecer el Union Building, la sede del Gobierno y asiento del Presidente de la República, situado en la cima de una de las múltiples colinas que flanquean la ciudad. Me gustó mucho Pretoria.
Desde Pretoria nos fuimos por tierra a Joburg y luego en un pequeño avión de South African volamos hasta le pista de Mala Mala, desde donde me encuentro escribiendo. Tras haber comenzado a escribir comenzó a caer una suave lluvia que duró cerca de una hora, y que bastó para que emanara un exquisito olor a tierra mojada y a que los animales buscaran refugio bajo los árboles. Mas tarde despejó y alrededor de las 4pm fuimos de safari. Esta tarde vimos bufalos y elefantes. En la mañana, vimos al menos tres leopardos - cosa muy rara por estos lados – leones y rinocerontes. En dos safari ya habíamos visto los Cinco Grandes. Este es mi tercer viaje en safaris por lo que tengo ya algo de experiencia. Esta vez, mas que a sacar fotos, me dediqué a observar, a disfrutar y a compartir la emoción de la Mery y Yura que se iba desatando a medida que avanzaba el safari e iban apareciendo los animales. No recuerdo haberlo pasado mejor en jornadas similares. Hemos regresado cerca de las 19.45 ya caída la noche. Termino este artículo acompañado del canto de quien sabe cuantas ranas y animales nocturnos que rodean la cabaña en que estoy. Este camp no tiene cerco de protección, por que puede aparecer cualquier animal. De hecho, siento unos rugidos roncos como de un animal grande que no alcanzo a identificar. Debo terminar e irme al living donde me podré conectar con Wifi y enviar estas letras. Allá me esperan mis cada vez mas entrañables amigos Mery y Yura, seguramente ambos trabajando en seleccionar fotos y editar las cintas. Se nos viene una copa de sauvignon blanco muy helado, la conversa con el recuento de las emociones del día, y la rica cama que nos acogerá en nuestra última noche en Mala Mala. Mañana lunes 05 de Octubre en la mañana volaremos en una avioneta desde la pista de aterrizaje que está a cinco minutos de aquí, con destino a Nelspruit donde abordaremos un avión que nos llevará a Livingstone, Zambia, donde nos quedaremos otras dos noches y desde donde prometo escribir nuevamente en la medida que tenga tiempo e inspiración.
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