
Tahiti es al viaje de luna de miel, lo que París a la elegancia y la moda. Podrá sonar algo pretenciosa esta relación, pero estoy seguro que es así.
El viaje de luna de miel es único e irrepetible. Es la coronación del largo y difícil proceso de encontrarse, enamorarse y decidir vivir una vida juntos. Es la partida para la que todos añoramos un espacio de intimidad, de sensualidad, de serenidad, de paz, pero por, sobre todo, de tranquilidad y privacidad.
Está en nuestro ADN, al pensar en el lugar que elegiríamos para pasarla, imaginar islas exóticas -lejos de Chile- y, en lo posible, solitarias; un precioso hotel sobre la playa, donde atiendan como los dioses y se coma exquisito; un lugar donde los paisajes sean dramáticos, intensos, coloridos y donde la vida no exija más esfuerzo que regalonear y “ser feliz”.
Ese espacio, está en Tahiti, el famoso archipiélago de las Islas de la Sociedad en la Polinesia Francesa, un extraordinario rincón de este planeta, donde la realidad suele superar la imaginación y donde aún es posible encontrar una belleza natural impactante, pura y no contaminada.
Los chilenos somos afortunados porque somos uno de los países más cercanos a Tahiti. El vuelo desde Santiago demora, aproximadamente, 12 horas en llegar a Papeete -la capital-, lo que puede matar de envidia a los franceses, pues desde París tardan cerca de 24 horas y, además, les resulta casi inaccesible por el alto costo de los pasajes.
La Polinesia comienza a hacerse realidad tras la escala en Isla de Pascua, donde aborda el avión la nueva tripulación de nativos de Rapa Nui que embarcan para hacer el tramo a Tahiti. Atrás quedaron los meses de intensos preparativos para el matrimonio, los regalos, la iglesia y la fiesta. No debe existir evento más estresante y agotador para una pareja, pero lo vale, pues es en el viaje donde se hace realidad el tan anhelado “por fin, solos”.
Al desembarcar en el aeropuerto Faa de Papeete, lo primero que uno percibe es la agradable sensación de un aire perfumado y tibio que se deja sentir en el cuerpo. El siguiente paso es el contacto con los Oficiales de Inmigración, que hoy deben ser unos de los únicos en el mundo que junto con timbrar el pasaporte, te regalan una honesta y acogedora sonrisa. Lo que vendrá después será pura felicidad, cariño y buena onda. Al salir del recinto de aduanas, te reciben los isleños con guayaberas multicolores y collares de flores que serán ceremoniosamente colgados al cuello de los recién llegados, al son de cariñosos saludos de bienvenida. Para los tahitianos, las parejas en viaje de luna de miel son el más preciado tesoro que llega a estas latitudes y quienes mantienen el turismo en las islas. Todo, hasta el más mínimo detalle, está pensado y hecho para que su estadía sea un sueño del que simplemente no quieran despertar.
Toallas frías y perfumadas para refrescarse la cara, un Tiare para la oreja, el sutil ruido de tambores y ukeleles a lo lejos y, finalmente, el hotel sobre la playa, perfectamente construido como parte del paisaje tropical abundante en palmeras y sonidos de aguas y ranitas cantoras.
La estadía soñada es en un bungalow palafito construido sobre el agua con amplias y luminosas habitaciones con terrazas y un espacio en el piso del living, a través del cual –desplegando una cubierta de acrílico transparente– , se accede en pocos centímetros al agua turquesa iluminada y colmada de peces de colores. El emplazamiento de la habitación es extremadamente sensual, por lo que no queda más alternativa que entregarse de lleno al amor por los próximos días que, lo más probable, serán recordados como los más felices de su vida. Al despertar en la mañana, dan ganas de llorar de alegría. No se puede creer tanta maravilla. La primera reacción es tirarse de piquero desde la misma cama al agua y nadar sintiéndose extremadamente felices en esta temporal realidad donde el desayuno con exquisitas frutas, café y frescos croissants, lo trae una piragua a remo que se acerca lentamente comandada por una discreta y bella tahitiana que demuestra sentirse tan o más feliz que la pareja que devorará las delicias que asoman de su pequeña embarcación.
La estadía perfecta
Para hacer un viaje impecable a las “islas del amor”, es recomendable visitar diferentes islas y quedarse unas 4 noches en cada una. Moorea, Bora Bora, Huaine y Rangiroa, tienen excelentes hoteles, muy buenos panoramas y belleza incomparable. En Papeete, normalmente, se pasa una noche por razones de conexión aérea. El paisaje y la onda es similar en todas las islas. Todas son de una belleza extrema. Algunas tienen montañas con abundante vegetación y se pueden visitar haciendo entretenidas caminatas. Otras, son atolones rodeados de barreras de coral circundando la isla y pequeños islotes –motu-, a los que se accede en paseos en lancha con piso de acrílico para admirar los peces, alimentar tiburones y mantarrayas. Vale la pena ir de picnic a un motu y quedarse solos en una de las innumerables playas de arena blanca coralina con palmeras que crecen hasta en el agua.
El tiempo y la vida transcurren lentos y apacibles. Normalmente los visitantes entran en un estado de tranquilidad del que ellos mismos se sorprenden. Nadie se alterará ni les incentivará a hacer ningún panorama si lo que quieren es quedarse en la habitación, regaloneando o disfrutando de la playa, leyendo, bañándose y escuchando música.
Para lo que buscan el “wellnes”, varios hoteles cuentan con agradables y modernos spa con todos los tratamientos de relajación, salud y belleza imaginables. Para los que necesitan más actividad, aparte del snorkeling y el buceo, que son parte del panorama diario, existe la posibilidad de alquilar un helicóptero y sobrevolar las islas, hacer paseos de pesca, todo tipo de actividades acuáticas como windsurf, jetski, kitesurf y canotaje, además de otros deportes como el tenis, caminatas, paseos en 4x4, etc.
¿Que más se puede pedir?
El clima en Tahiti se podría decir que es perfecto durante todo el año, aunque suele llover más entre los meses de diciembre a marzo. La vestimenta es casual y simple. No se estila, ni tampoco es necesaria, la exhibición de metales y piedras preciosas. Los hoteles son excelentemente bien ambientados e iluminados, de muy buen nivel y de variadas categorías aunque más bien caros comparados con otros destinos. La atención es amabilísima, discreta, refinada y en varios idiomas, predominando el sensual acento francés polinésico.
La gastronomía, con clara influencia francesa, se compone principalmente de sabrosos pescados y mariscos, entre los que destacan el mahi mahi y la langosta. Las piñas y cocos, están siempre presentes en jugos, postres y tragos.
A la hora del shopping, aparte de los pareos y artesanías naturales, una de las cosas interesantes de adquirir como recuerdo son las conocidas perlas negras. Tahiti no es un lugar barato por definición, pero si se considera la combinación entre lo especial del viaje de luna de miel y lo extraordinario que es el lugar, el precio se convierte en una variable secundaria y perfectamente abordable, pues además hay una cantidad considerable de ofertas a las que se puede acceder.
Uno de los momentos más emocionantes del día son los atardeceres. Nunca he visto tal intensidad de colores ni el nivel de contemplación en el que se entra en estas islas cada tarde. Sentados en la terraza de su bungalow o en una tumbona en la arena o tomando una cerveza helada en un motu, después de un día solitario de puro amor, no tendrán duda que Dios existe.
Si agregamos a este fenómeno natural el “estado de las cosas” en luna de miel, saque usted sus conclusiones. Hay la posibilidad de hacer paseos en catamarán, para presenciar este espectáculo, solos o en compañía de otras parejas, compartiendo unos tragos y escuchando música clásica. Tras el atardecer, la cena tiene lugar por lo general en un lugar acogedor, bajo las estrellas y a la luz de las velas. La conversación suele ser muy baja, privada y acompañada por las suaves y cadentes melodías polinésicas que se oyen desde lejos. Los vinos chilenos, argentinos y franceses, se beben al compás de los sutiles sonidos que emanan del roce de los cubiertos con los platos. Todo alrededor es perfecta armonía, paz y tranquilidad. ¿Que más se puede pedir?
Finalmente, otra noche, otros sueños y mañana, otro día para seguir disfrutando y sintiéndose la pareja más feliz y afortunada del planeta.
Eugenio Cox / ecox@expan.cl / 696 46 00
El viaje de luna de miel es único e irrepetible. Es la coronación del largo y difícil proceso de encontrarse, enamorarse y decidir vivir una vida juntos. Es la partida para la que todos añoramos un espacio de intimidad, de sensualidad, de serenidad, de paz, pero por, sobre todo, de tranquilidad y privacidad.
Está en nuestro ADN, al pensar en el lugar que elegiríamos para pasarla, imaginar islas exóticas -lejos de Chile- y, en lo posible, solitarias; un precioso hotel sobre la playa, donde atiendan como los dioses y se coma exquisito; un lugar donde los paisajes sean dramáticos, intensos, coloridos y donde la vida no exija más esfuerzo que regalonear y “ser feliz”.
Ese espacio, está en Tahiti, el famoso archipiélago de las Islas de la Sociedad en la Polinesia Francesa, un extraordinario rincón de este planeta, donde la realidad suele superar la imaginación y donde aún es posible encontrar una belleza natural impactante, pura y no contaminada.
Los chilenos somos afortunados porque somos uno de los países más cercanos a Tahiti. El vuelo desde Santiago demora, aproximadamente, 12 horas en llegar a Papeete -la capital-, lo que puede matar de envidia a los franceses, pues desde París tardan cerca de 24 horas y, además, les resulta casi inaccesible por el alto costo de los pasajes.
La Polinesia comienza a hacerse realidad tras la escala en Isla de Pascua, donde aborda el avión la nueva tripulación de nativos de Rapa Nui que embarcan para hacer el tramo a Tahiti. Atrás quedaron los meses de intensos preparativos para el matrimonio, los regalos, la iglesia y la fiesta. No debe existir evento más estresante y agotador para una pareja, pero lo vale, pues es en el viaje donde se hace realidad el tan anhelado “por fin, solos”.
Al desembarcar en el aeropuerto Faa de Papeete, lo primero que uno percibe es la agradable sensación de un aire perfumado y tibio que se deja sentir en el cuerpo. El siguiente paso es el contacto con los Oficiales de Inmigración, que hoy deben ser unos de los únicos en el mundo que junto con timbrar el pasaporte, te regalan una honesta y acogedora sonrisa. Lo que vendrá después será pura felicidad, cariño y buena onda. Al salir del recinto de aduanas, te reciben los isleños con guayaberas multicolores y collares de flores que serán ceremoniosamente colgados al cuello de los recién llegados, al son de cariñosos saludos de bienvenida. Para los tahitianos, las parejas en viaje de luna de miel son el más preciado tesoro que llega a estas latitudes y quienes mantienen el turismo en las islas. Todo, hasta el más mínimo detalle, está pensado y hecho para que su estadía sea un sueño del que simplemente no quieran despertar.
Toallas frías y perfumadas para refrescarse la cara, un Tiare para la oreja, el sutil ruido de tambores y ukeleles a lo lejos y, finalmente, el hotel sobre la playa, perfectamente construido como parte del paisaje tropical abundante en palmeras y sonidos de aguas y ranitas cantoras.
La estadía soñada es en un bungalow palafito construido sobre el agua con amplias y luminosas habitaciones con terrazas y un espacio en el piso del living, a través del cual –desplegando una cubierta de acrílico transparente– , se accede en pocos centímetros al agua turquesa iluminada y colmada de peces de colores. El emplazamiento de la habitación es extremadamente sensual, por lo que no queda más alternativa que entregarse de lleno al amor por los próximos días que, lo más probable, serán recordados como los más felices de su vida. Al despertar en la mañana, dan ganas de llorar de alegría. No se puede creer tanta maravilla. La primera reacción es tirarse de piquero desde la misma cama al agua y nadar sintiéndose extremadamente felices en esta temporal realidad donde el desayuno con exquisitas frutas, café y frescos croissants, lo trae una piragua a remo que se acerca lentamente comandada por una discreta y bella tahitiana que demuestra sentirse tan o más feliz que la pareja que devorará las delicias que asoman de su pequeña embarcación.
La estadía perfecta
Para hacer un viaje impecable a las “islas del amor”, es recomendable visitar diferentes islas y quedarse unas 4 noches en cada una. Moorea, Bora Bora, Huaine y Rangiroa, tienen excelentes hoteles, muy buenos panoramas y belleza incomparable. En Papeete, normalmente, se pasa una noche por razones de conexión aérea. El paisaje y la onda es similar en todas las islas. Todas son de una belleza extrema. Algunas tienen montañas con abundante vegetación y se pueden visitar haciendo entretenidas caminatas. Otras, son atolones rodeados de barreras de coral circundando la isla y pequeños islotes –motu-, a los que se accede en paseos en lancha con piso de acrílico para admirar los peces, alimentar tiburones y mantarrayas. Vale la pena ir de picnic a un motu y quedarse solos en una de las innumerables playas de arena blanca coralina con palmeras que crecen hasta en el agua.
El tiempo y la vida transcurren lentos y apacibles. Normalmente los visitantes entran en un estado de tranquilidad del que ellos mismos se sorprenden. Nadie se alterará ni les incentivará a hacer ningún panorama si lo que quieren es quedarse en la habitación, regaloneando o disfrutando de la playa, leyendo, bañándose y escuchando música.
Para lo que buscan el “wellnes”, varios hoteles cuentan con agradables y modernos spa con todos los tratamientos de relajación, salud y belleza imaginables. Para los que necesitan más actividad, aparte del snorkeling y el buceo, que son parte del panorama diario, existe la posibilidad de alquilar un helicóptero y sobrevolar las islas, hacer paseos de pesca, todo tipo de actividades acuáticas como windsurf, jetski, kitesurf y canotaje, además de otros deportes como el tenis, caminatas, paseos en 4x4, etc.
¿Que más se puede pedir?
El clima en Tahiti se podría decir que es perfecto durante todo el año, aunque suele llover más entre los meses de diciembre a marzo. La vestimenta es casual y simple. No se estila, ni tampoco es necesaria, la exhibición de metales y piedras preciosas. Los hoteles son excelentemente bien ambientados e iluminados, de muy buen nivel y de variadas categorías aunque más bien caros comparados con otros destinos. La atención es amabilísima, discreta, refinada y en varios idiomas, predominando el sensual acento francés polinésico.
La gastronomía, con clara influencia francesa, se compone principalmente de sabrosos pescados y mariscos, entre los que destacan el mahi mahi y la langosta. Las piñas y cocos, están siempre presentes en jugos, postres y tragos.
A la hora del shopping, aparte de los pareos y artesanías naturales, una de las cosas interesantes de adquirir como recuerdo son las conocidas perlas negras. Tahiti no es un lugar barato por definición, pero si se considera la combinación entre lo especial del viaje de luna de miel y lo extraordinario que es el lugar, el precio se convierte en una variable secundaria y perfectamente abordable, pues además hay una cantidad considerable de ofertas a las que se puede acceder.
Uno de los momentos más emocionantes del día son los atardeceres. Nunca he visto tal intensidad de colores ni el nivel de contemplación en el que se entra en estas islas cada tarde. Sentados en la terraza de su bungalow o en una tumbona en la arena o tomando una cerveza helada en un motu, después de un día solitario de puro amor, no tendrán duda que Dios existe.
Si agregamos a este fenómeno natural el “estado de las cosas” en luna de miel, saque usted sus conclusiones. Hay la posibilidad de hacer paseos en catamarán, para presenciar este espectáculo, solos o en compañía de otras parejas, compartiendo unos tragos y escuchando música clásica. Tras el atardecer, la cena tiene lugar por lo general en un lugar acogedor, bajo las estrellas y a la luz de las velas. La conversación suele ser muy baja, privada y acompañada por las suaves y cadentes melodías polinésicas que se oyen desde lejos. Los vinos chilenos, argentinos y franceses, se beben al compás de los sutiles sonidos que emanan del roce de los cubiertos con los platos. Todo alrededor es perfecta armonía, paz y tranquilidad. ¿Que más se puede pedir?
Finalmente, otra noche, otros sueños y mañana, otro día para seguir disfrutando y sintiéndose la pareja más feliz y afortunada del planeta.
Eugenio Cox / ecox@expan.cl / 696 46 00